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Madrugada y silencio ¿Qué signo misterioso te mantiene hoy con vida? ¿Qué luz en la penumbra de esta noche despierta en ti la búsqueda del verbo, de la fe que se hospeda en tu interior, en busca de esperanza, por las calles? Canta el aire sonatas en la noche, que no deben herirte, verdades sin sentido; verdades que te esconden la verdad, el paso de las hojas del viejo calendario que no tiene principio ni final. Silencio en una puerta que solo puede abrirse por otras manos. Luego, se abre para no hablar, para quien ama sólo, como aquel penitente de negro que alza el cirio e ilumina la plaza San Lorenzo. Y en ese instante dudas. Dudas de la esperanza, que ha nacido de la fuente ancestral de tus mayores. Palabras que suplantan lo que vives. En un cruce de calles, de caminos, en la vida que llevas y no es tuya, en la hora de la niebla, en un murmullo de voces que se cruzan, todo es refugio en medio de la nada, es una isla en la noche, un sueño en otro sueño acurrucado. Cierta mañana - ¿acaso la de ayer? -, te paraste delante de una iglesia, ante muros que crecen sobre el río, ante cifras que doblan la rodilla por nosotros, y nuestra descendencia. Y allí, entre los bancos, todo paz, toda quietud sin tiempo; todo el amor que duele y se estremece, misterioso, en un cristo de madera que expira. Allí, la soledad, de todo lo visible y lo invisible, los domingos de misa de tu infancia. Soledad que se apoya en tus hombros cansados, soledad que se adentra en donde más te hiere, pasada ya la media noche. La alta cruz de madera, entre ciriales, avanza poco a poco. Ya en la Catedral, delante del Sagrario, tú que has vestido el blanco de la túnica en el silencio de la madrugada sin luna, ya oyes a la muerte llamándote a la puerta. Y estás solo. Silencio es todo lo que permanece de aquella madrugada. Silencio y un resto de cenizas en el aire. Silencio del que habla al oído, abrazando su propia soledad. Y al Dios al que rezaste siendo niño, imploras por la vida de tu padre, desde una esquina rota. ¿Por qué ha de beber nadie un vino tan amargo? Todo se ha consumado, ha dejado de ser lo que nunca empezó. Despojado de todo, de tu túnica, del mundo que te habita, mueres, te desvaneces y renaces con la aurora. Regresas al hogar, a quien la vida debes, y la esperanza donde la mirada de tu madre se cruza con la tuya. Morir sin que se muera nadie.
Madrugada y silencio
El silencio de Dios ¿Con quién hablas si estás solo en tu casa, si no hay rostro ni voz que acuda a tu socorro? ¿Cuántas palabras nacen de tus labios si el corazón se para por un eterno instante y el aire apenas llega a tus pulmones? De repente, un puñal encarcela tu espalda, el frío del invierno se acomoda en tu busto. Caes desnudo al suelo, sobre la propia vida, mientras va deshojándose tu historia, perdida la mirada en el cielo de un techo sin estrellas. Rezas mil padrenuestros, y mil avemarías. No hay respuestas, ningún signo regresa a tus plegarias. El cuerpo se estremece como un árbol desnudo, ya sin hojas, sin flores y sin sol. El pasado es un soplo, la sonrisa de un niño que se pierde por las calles de Triana. No existe otro mañana ni tiempo que señale la hora del adiós. Pero aún no has perdido la esperanza: -Soleá, soleá, dame la mano-. Es tu último intento para pedir ayuda. Soleá tiene nombre de matrona, de hermana, y de devota esposa, y de hija de María. -Soleá, acuérdate de mí, dame la mano-. Luces frías de urgencias, metálicos aullidos de sirenas te protegen camino al hospital. Doctoras de esperanzas con túnicas quirúrgicas luchan contra tu muerte, mas hoy no es tu hora: Una señora ha muerto. Tres hijos huérfanos la lloran; y un esposo que reza a un Dios con la premura del que se ahoga en un mar de dolor. Regresas poco a poco de un mal sueño, del rayo que golpea tu cabeza y de nubes con nombres de cipreses. Gritas de rabia y de alegría al mismo tiempo. Gritas a los cielos con lágrimas de sal y de perdón, y preguntas mirando la luz de una pantalla: - ¿Y por qué yo y no ella? -, sin que nadie te dé respuesta alguna. Hay silencio en el aire que respiras. Silencio que retumba en los muros de la noche, en sábanas que cubren el cuerpo joven de una mujer en paz. Silencio en el repique de campana, silencio del que expira ya clavado en la cruz, silencio en la mesita del niño que reza al pie de la cama. Es hoy Domingo de Resurrección. Te desnudan del blanco pijama de la incertidumbre. Regresas a tu casa sin nada en los bolsillos, salvo el stent, como nuevo inquilino vigilante en tu cuerpo. Y una oración inédita que nace de tus labios: El silencio de Dios hablándote al oído.
El silencio de Dios
María de la O La cruz de oro que acaricia tus senos, madre, palpita como el pecho de un bebé recién dormido. Dime madre, ahora: ¿qué historias al oído me dirás cuando por la mañana te despiertes al temblor de la luz de aquella vela, al compás de la antigua mecedora quebrada por el uso? Amanece. Sobre el tocador, mármol y dorado, el espejo de cuentos mágicos de chiquillas, el peine domador de tus ensortijados cabellos, y entre tantas esencias, un misal, el rosario, y un diario semiabierto: una fecha, mil novecientos treinta y dos. La infancia de una niña, un canto popular “que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva…”, una calle, el tranvía, el puente, el altozano, el coro de los niños toreros, Juan Belmonte, el Guadalquivir, los puestecillos ambulantes, todo eso era, la síntesis del mundo, para ti, escrito en unas páginas de un libro hundido en las mareas de los días. Sobre la comisura de tus labios tu índice me dice que me calle, que guarde ya silencio, y sin querer palabras de tu boca renacen, una y otra vez, con signos de otra época. La vida es una rosa, es un respiro, la muerte una liturgia breve, dicen tus ojos ciegos de color miel que miran por la ventana al río. La luz es una tarde, que agoniza, de Viernes Santo, mientras alguien llora en un bar de Triana. Silencio y paz es todo lo que queda, y el eco de una música que se disipa y se proyecta por el río, fuera del mundo. Al cerrar el portón de casa tus temblorosas manos enhebran el motivo de mi ser.
María de la O
Miércoles de ceniza Olvidas tus sandalias en la puerta y descalzo caminas con asombro por las calles de luces apagadas. Pensativo, parado debajo de un balcón, miras la sombra de alguien que se acerca despacio. Es la muerte que trae la dulzura de una rosa en las manos, al lado de la casa de tu padre.
Miércoles de ceniza
Calle Pureza Apagadas las luces de las tiendas, cerrados los postigos del cielo azul violeta. Dime Papá, ¿qué esperas de la noche?
Calle Pureza
Un hombre con la cruz al hombro. -Viernes Santo en Triana-. La muerte es una antigua luz de ramas ya secas. Es aquel rostro herido de mi padre por el fuego nocturno de una hoguera, un pasillo sin final. La afonía de las llamas andando por sus ojos; una sombra fraguada, en las paredes, a golpe de martillo y clavo. El humo blanco de su cuerpo viviendo por las calles de Triana, entre las sombras. El sol de sus cenizas dejándome sin habla.