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El silencio de Dios
¿Con quién hablas si estás solo en tu casa, si no hay rostro ni voz que acuda a tu socorro? ¿Cuántas palabras nacen de tus labios si el corazón se para por un eterno instante y el aire apenas llega a tus pulmones?
De repente, un puñal encarcela tu espalda, el frío del invierno se acomoda en tu busto. Caes desnudo al suelo, sobre la propia vida, mientras va deshojándose tu historia, perdida la mirada en el cielo de un techo sin estrellas. Rezas mil padrenuestros, y mil avemarías. No hay respuestas, ningún signo regresa a tus plegarias.
El cuerpo se estremece como un árbol desnudo, ya sin hojas, sin flores y sin sol. El pasado es un soplo, la sonrisa de un niño que se pierde por las calles de Triana.
No existe otro mañana ni tiempo que señale la hora del adiós. Pero aún no has perdido la esperanza: -Soleá, soleá, dame la mano-. Es tu último intento para pedir ayuda.
Soleá tiene nombre de matrona, de hermana, y de devota esposa, y de hija de María. -Soleá, acuérdate de mí, dame la mano-.
Luces frías de urgencias, metálicos aullidos de sirenas te protegen camino al hospital. Doctoras de esperanzas con túnicas quirúrgicas luchan contra tu muerte, mas hoy no es tu hora: Una señora ha muerto. Tres hijos huérfanos la lloran; y un esposo que reza a un Dios con la premura del que se ahoga en un mar de dolor.
Regresas poco a poco de un mal sueño, del rayo que golpea tu cabeza y de nubes con nombres de cipreses. Gritas de rabia y de alegría al mismo tiempo. Gritas a los cielos con lágrimas de sal y de perdón, y preguntas mirando la luz de una pantalla: - ¿Y por qué yo y no ella? -, sin que nadie te dé respuesta alguna. Hay silencio en el aire que respiras. Silencio que retumba en los muros de la noche, en sábanas que cubren el cuerpo joven de una mujer en paz. Silencio en el repique de campana, silencio del que expira ya clavado en la cruz, silencio en la mesita del niño que reza al pie de la cama. Es hoy Domingo de Resurrección. Te desnudan del blanco pijama de la incertidumbre. Regresas a tu casa sin nada en los bolsillos, salvo el stent, como nuevo inquilino vigilante en tu cuerpo.
Y una oración inédita que nace de tus labios: El silencio de Dios hablándote al oído.