Cargando poema…
María de la O
La cruz de oro que acaricia tus senos, madre, palpita como el pecho de un bebé recién dormido. Dime madre, ahora: ¿qué historias al oído me dirás cuando por la mañana te despiertes al temblor de la luz de aquella vela, al compás de la antigua mecedora quebrada por el uso?
Amanece. Sobre el tocador, mármol y dorado, el espejo de cuentos mágicos de chiquillas, el peine domador de tus ensortijados cabellos, y entre tantas esencias, un misal, el rosario, y un diario semiabierto: una fecha, mil novecientos treinta y dos. La infancia de una niña, un canto popular “que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva…”, una calle, el tranvía, el puente, el altozano, el coro de los niños toreros, Juan Belmonte, el Guadalquivir, los puestecillos ambulantes, todo eso era, la síntesis del mundo, para ti, escrito en unas páginas de un libro hundido en las mareas de los días. Sobre la comisura de tus labios tu índice me dice que me calle, que guarde ya silencio, y sin querer palabras de tu boca renacen, una y otra vez, con signos de otra época.
La vida es una rosa, es un respiro, la muerte una liturgia breve, dicen tus ojos ciegos de color miel que miran por la ventana al río.
La luz es una tarde, que agoniza, de Viernes Santo, mientras alguien llora en un bar de Triana. Silencio y paz es todo lo que queda, y el eco de una música que se disipa y se proyecta por el río, fuera del mundo.
Al cerrar el portón
de casa tus temblorosas manos
enhebran el motivo de mi ser.