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Al cuarto día de mi estancia en Tanzania llegué a las Altas Tierras del Lago Eyasi, no muy lejos de Mangola, al suroeste del Cráter de Ngorongoro, donde viven los hadzas.
A la mañana siguiente al despertar, los bosquimanos habían levantado su campamento, diminutas chozas construidas con ramas secas de arbustos y árboles, a escasa distancia del nuestro. Los varones, de pie, en semicírculo. Casi todos ellos con el cuerpo arqueado hacia atrás, con las piernas ligeramente flexionadas, y el rostro, con la mirada al frente, reposando sobre las manos que agarraban uno de los extremos de sus arcos grandes, y el extremo opuesto posado como si fuera un árbol en la tierra. Sobre sus espaldas, cruzada al hombro, una bolsa de cuero negra cargada de flechas cuyas puntas afiladas, sobresalían por el extremo abierto de la bolsa, apuntando al cielo. Colgando del cinturón de sus pantalones rotos y sucios, en fundas de piel ennegrecida, machetes y cuchillos de grandes dimensiones. Unos pasos más atrás, un par de hombres con porte recto y uno de los pies avanzado con respecto al otro. Miraban con una sonrisa dulce, ingenua y sincera, mientras empuñaban en una de sus manos un arco de vara de madera, y en las otras varias flechas con puntas aguzadas y adornadas en el extremo más grueso con plumas de gallinas de Guinea. Me resultó sorprendente ver que todos ellos sonreían. Eran sonrisas distendidas, agradables, seductoras, claras, limpias. Sonrisas que expresaban felicidad; una felicidad que encajaba con el paisaje, arraigada al tiempo, a un tiempo que no tiene ni edad ni frecuenta muerte. Sonrisas que se adentraban en mi corazón al recordar cuando era niño los días en brazos de mi madre y que me hacían guardar silencio mientras sonreía.
Cerca de las casuchas, mujeres y niños se calentaban sentados alrededor de un fuego, charlando jovialmente de no sé qué asuntos mientras una joven daba el pecho a su retoño; y otra afloraba de una de las chozas, feliz y contenta. Detrás de ella salió un joven con el rostro iluminado. Ambos se acercaron al fuego con pícaras sonrisas. Un par de perros flacos y piojosos merodeaban sumisos, con la cabeza gacha y el rabo entre las patas, por los alrededores.
Al atardecer nos invitaron a una ceremonia particular, ancestral. Bailes y cantes amenizaban el crepúsculo alrededor de una lumbre. Aquella noche sin luna, el fuego era un sol ardiente que nos envolvía y nos llevaba a otra luz más pura.
El anciano Hadza, Nakpale, sentado a mi derecha, frotaba con un arco un instrumento de dos cuerdas (un trozo de madera ahuecado con forma de tortuga unido a un mástil, parecido al rabel), y el sonido era la música derivada de su propio sentimiento, de su alma fundida con la de sus primeros pasos como niño. Unos pocos palmeaban y otros entonaban trovas sobre la historia de su pueblo, de sus tradiciones o invocaban a los espíritus de sus antepasados en su tránsito por estas tierras. Los bailarines, un grupo de mujeres, niños y hombres, se movían con naturalidad y desenvoltura al ritmo de la melodía, de la costumbre y del paisaje que esculpe los rasgos del hombre y lo hace diferente según el entorno donde viva, pero con una raíz común, un tronco, un linaje que nos hace ser iguales. Un fuerte olor a plantas aromáticas impregnaba nuestros sentidos, y el humo que desprendía el fuego moldeaba el horizonte con extrañas grafías y colores. La voz, la música y la poesía brotaban por cada resplandor del fuego como si fuera una llamarada del sol dando vida al mundo de la noche, despertándolo de las tinieblas. En ese mundo sumergido estábamos sin preocupación alguna. El fuego alimentaba a cada uno de nosotros en un gozo profundo de afecto a la naturaleza, a la vida. Era la música y el baile de la noche la historia del hombre observándonos con los ojos del fuego, de recuerdos muy lejanos; mientras, la madera crepitaba, a veces lenta o a veces ligera, uniéndose o desviándose de la melodía.
Una de las canciones habla sobre la mujer.
Amanece. Levántate, hermana de estirpe. Levántate y anda. Llena tu calabaza de agua del árbol madre para mí. Desde las ramas, el mono brama. Elegirás a un hombre, a un compañero fiel que cuidará a tu madre. Ruge el león desde su colina.