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El avión recorrió la pista como si fuera el plusmarquista de cien metros lisos Usain Bolt; tomó vuelo y se alzó por encima de las nubes. Sentí cómo mi corazón quería escaparse, huir de la cárcel que es el pecho, tener su propia vida lejos de mí, sentirse libre. La libertad dibujada como ave, como Juan Salvador Gaviota. Volar, y volar, y volar, fue la primera quimera del hombre cuando descendió de los árboles, y comenzó a caminar erguido; el primer verbo que pronunció, la cuarta palabra después de Dios, mamá y papá; la utopía hecha realidad con el devenir de los siglos y de los siglos; el amén de un sueño. Un hombre (los hermanos Montgolfier, Otto Lilienthal...) sueña que es un ave que vuela y vuela hasta alcanzar las altas nubes, la Luna, Marte..., hasta donde la imaginación pueda conseguir. Para llegar aquí, a este vuelo de un sueño, ¿cuántos otros se habrán malogrado? ¿Cuántos ensayos y errores para volver al mismo punto de partida? ¿Cuántos vuelos truncados por la tormenta de un sueño de verano? Fueron necesarias muchas vidas frustradas para que tan solo unos pocos afortunados puedan narrar que todo sueño es posible. Sueños, sueños y sueños que se repiten una y otra vez en el hombre para alcanzar lo inalcanzable, para volar en busca de lo inimaginable.
El avión aterrizó en el aeropuerto de Dar es-Salam (remanso de paz en árabe), a primera hora de la mañana para repostar y, posteriormente, emprender vuelo hacia su destino. A vista de pájaro, desde el cielo, la antigua capital de Tanganica es un campo de aluminio.
Por fin llegué a Arusha, Tanzania. Por fin pisé África. Después de muchas horas de viaje, me sentí como un pájaro que se escapa de una jaula y se siente libre tras años de cautiverio. La libertad era el aire fresco, la ardiente luz y el tiempo desintegrándose en las manecillas de un reloj sujeto a una pared. Sentirse así es como el hombre que, después de años enfermo sale a la calle por vez primera: todo le parece nuevo. Y desde ese momento, ya no abandonará ese estado, esa comunión entre el Hombre y la Naturaleza; una comunión indivisible y armónica; una solidaria hermandad de lo desconocido.