Cargando relato…
Declarado Patrimonio de la Humanidad, en el Valle del Omo, situado al sur de Etiopía, residen comunidades cuyas usanzas y formas de vida han desafiado el paso del tiempo. Llegar hasta allí no fue nada fácil; algún que otro percance sufrimos Tafari, mi guía y conductor, y yo durante el trayecto.
A Tafari lo conocí gracias a Miriam. Una española que lleva varios años viviendo en Addis Abeba, casada con un etíope y madre de un niño por aquellos años, en febrero de 2016. El rostro de Miriam es alargado con pómulos marcados; sus ojos y cejas son de color castaño, al igual que su pelo lacio. Su delgada complexión define y marca los hombros y las clavículas. Es una mujer alegre, vitalista, de fuerte carácter. Según me comentó, estuvo viajando por el continente asiático durante unos años como mochilera, pero se enamoró de Etiopía: de su gente, del color de su tierra, de la luz y de la alegría que nacen innatas de allí. Al poco tiempo de establecerse allí fundó la agencia de viajes Birana Tours. Aparte de su dedicación a la empresa y a su familia, realiza colaboraciones con algunas ONG establecidas en Etiopía.
El primero de nuestros percances me dejó casi tirado. Tardamos dos horas largas en salir de la caótica ciudad de Addis Abeba; una gran desesperación me envolvía como si caminásemos por una noche metida en niebla, con la sensación de que nunca íbamos a salir de la gran ciudad. Por fin nos dirigimos a la aldea Dorze.
La segunda noche de estancia, una subida de tensión eléctrica calentó el cargador de batería de mi cámara fotográfica, un Canon EOS 5D Mark II. Por suerte, al llegar a la localidad de Arba Minch, y tras recorrer varias tiendas donde vendían materiales de todo tipo -desde construcción y de herramientas de labranza, hasta artículos de coches-, dimos por arte de magia con un local que tenía un cargador que se adaptaba a la batería de mi cámara. A esto lo llamo suerte con mayúscula.
A pesar de este pequeño inconveniente, el viaje continuó según lo establecido en la ruta. Dejamos atrás las aldeas Dorze y las montañas que perfilaban el paisaje en donde sus habitantes se asentaban y vivían entregados en cuerpo y alma a sus costumbres y quehaceres. La carretera, cada equis kilómetros, era invadida por rebaños de ovejas y de cabras, obligándonos a ralentizar la marcha del vehículo. En Etiopía, si atropella a un ejemplar, debes de indemnizar al propietario del animal, aunque no tengas culpa del incidente. Tardamos casi todo un día en llegar a las inmediaciones del valle del Omo.