Cargando poema…
Madrugada y silencio
¿Qué signo misterioso te mantiene hoy con vida?
¿Qué luz en la penumbra de esta noche
despierta en ti la búsqueda del verbo,
de la fe que se hospeda en tu interior,
si no ves lo que no profesas,
si no acaricias
lo que tu mano roza,
en su andar como ausente,
en busca de esperanza, por las calles?
Canta el aire sonatas en la noche,
que no deben herirte, verdades sin sentido;
verdades que te esconden la verdad,
el paso de las hojas
del calendario que no empezó y no acaba.
Silencio en una puerta que solo puede abrirse
por otras manos. Luego, se abre para no hablar,
para quien ama sólo,
como aquel penitente
de negro que alza el cirio
e ilumina la plaza San Lorenzo.
Y en ese instante dudas
lo que has vivido tantas madrugadas,
lo que hoy vives siendo el mismo anhelo.
Dudas en expresar
el dolor con palabras,
el miedo que atenaza tu existencia.
Dudas de la esperanza, que ha nacido
de la fuente ancestral de tus mayores.
****
Palabras que suplantan lo que vives
en cada libro nuevo que se abre,
en un firme latir fuera del tiempo.
En un cruce de calles, de caminos,
en la vida que llevas y no es tuya,
en la hora de niebla, en un murmullo
de voces que se cruzan.
Miércoles de ceniza
de un año que comienza en otro siglo.
Al calor de la mesa de camilla,
tus padres, en voz baja, están hablando,
de aquel a quien la muerte ha sorprendido
a una edad muy temprana;
de las prisas del día y sus afanes.
Y cuando está ya todo más que hablado
y se apaga la luz,
son un refugio en medio de la nada,
una isla en la noche,
un sueño en otro sueño acurrucado.
Cierta mañana - ¿acaso la de ayer? -,
te paraste delante de una iglesia,
ante muros alzados sobre el río,
ante cifras que doblan la rodilla
por nosotros, y nuestra descendencia.
Y allí, entre los bancos, todo paz,
toda quietud sin tiempo;
todo el amor que duele y se estremece,
misterioso, en un cristo de madera.
Allí, la soledad,
de todo lo visible y lo invisible,
los domingos de misa de tu infancia.
***
Soledad que se apoya en tus hombros cansados,
soledad que se adentra en donde más te hiere,
pasada ya la media noche.
La alta cruz de madera, entre ciriales,
avanza poco a poco.
Ya en la Catedral, delante del Sagrario,
tú que has vestido el blanco de la túnica
en el silencio de la madrugada sin luna,
ya oyes a la muerte llamándote a la puerta.
Y estás solo
ante la incertidumbre de la vida,
ante un dios que no ve y que no escucha.
Silencio es todo lo que permanece
de aquella madrugada. Silencio
y un resto de cenizas en el aire,
mientras olvidas a la ciudad que amas,
la que vuelve la espalda a sus poetas,
la que se entrega a la esperanza
de sus calles y plazas;
al canto de una música
-cornetas y tambores-
donde el silencio es ley.
Y en medio del gentío te sentiste
dichoso de ser nadie;
de ser, por un instante,
nada,
junto al hogar de siempre deseado.
***
Nada es lo que parece. Lo que parece ser
es un ayer a punto de rasgarse;
un presente que empieza a ser pasado;
un mañana adentrándose en tu ser,
al misterio que llega al despuntar el sol.
Y alguien, desde el antiguo sanatorio de Triana,
te llama por tu nombre:
papá se está muriendo.
Silencio del que habla
al oído, abrazando
su propia soledad.
Quien te mira a los ojos
con su misterio de mirada seca,
de secretos de estancias interiores.
La Muerte vencedora de la muerte.
Y al Dios al que rezaste siendo niño,
imploras por la vida de tu padre,
desde una esquina rota.
¿Por qué ha de beber nadie
un vino tan amargo?
***
Desde un cielo fundido en la tiniebla, el gallo
repite el mismo canto de hace siglos.
Todo se ha consumado, ha dejado de ser
lo que nunca empezó.
Lo ineludible, sin ser
visible por tus ojos,
es pasado, presente, y es mañana,
igualmente, anunciado.
Despojado de todo, de tu túnica,
del mundo que te habita,
se desvanece, muere y se renace
con la aurora, regresas al hogar,
a quien la vida debes,
con el amor de entonces renovado,
y la esperanza donde la mirada
de tu madre se cruza con la tuya.
Morir sin que se muera nadie.